jose maria

jose maria

martes, 16 de agosto de 2016

LA PENÚLTIMA CENA...

Mansión de atardeceres, sombras que los árboles recogen cada mañana para dejar que el sol limpie las polvorientas estanterías repletas de libros a medio escribir. Páginas que esperan con temblorosa emoción el sonido de la puerta por abrir. Silencio de medio día, algarabía de la noche, esa que despierta a las doce, con el pasear de candelabros encendidos por ninfas apenas visibles entre cortinas de luz, luciérnagas disfrazadas de llamas que acomodan sus cuerpos en las velas inmaculadas.
Tintinear de copas, de cubertería de alpaca, aquella que quedo en la alacena después de vender la plata. Luna que asoma a la mesa de caoba, en la hora de la cena, saludos invisibles, puertas que las almas atraviesan con respeto, primero llaman, después pasan, mientras la cocina danza en manos de Vestigia, la eterna cocinera que los duendes pintan de gris sus iris tristes.
Doña Amelia, señora de las tierras que asoman por el ventanal al norte, preside la mesa con el repique del cuchillo en su copa de murano, la única que conserva, siempre sobre el lomo del piano. Su marido, consorte en ciernes, que murió hace cien años, defendiendo el honor de la familia en un duelo a pistolón, quedo muerto en el espigón, sin más dolor que tropezar como consecuencia del ron. Mal disparo el suyo que en la caída apunto a su barbilla saliente, saltándose todos los dientes antes de batir su mente. Sigue esnifando el rapé de su cajita de plata a la diestra de su esposa sin más efecto que el gesto, ese de alivio aparente luciendo su agujero en la boca.
La tía Prudencia, difuminada en la esquina, atenúa su sonrisa, recordando que en su histeria descubrió que el orgasmo era bálsamo de su síntoma, y que entre orgasmo y orgasmo, sucumbió en un latigazo de nadie sabe qué extraña presencia.
El agrio notario, siempre presente, el que firmó la sentencia de muerte de la fortuna pretérita, no ceja en sentarse a la mesa, ahora que no es cuerpo presente aunque la señora le observa indolente deseándole la vida para volver a acarrearle la muerte.
Los gemelos en la otra punta, con la nana Josefina, los tres risueños, pendientes de que empiece el pasa platos, a la espera del postre, aquel de nata y limón que sin hacer la digestión en un notable atracón, en el río dejo flotando sus sueños y algarabías, mientras la nana volaba por el bocal del olvido en la desesperada fortuna de morir en paz y amen.
Agotadora mansión cada noche de San Juan, la que en la casa celebra la pasión sin relato carnal. Y mientras la velada transcurre entre silencios y chanzas de fantasmales presencias, el rocío se cuela por la ventana abierta del más bello desván. Allí espera dormido el que habitante real esconde su espera y deseo, entre relato y relato. El joven de carne y hueso, el que allí se quedó, reconstruyendo la casa después del incendio fatal. Réplica de la primera, quizás más bella que la original, arquitecto de sueños, espera a su amada llegar
Solo al golpear la primavera los primeros aldabonazos al alma, el rocío se convierte en ella, desnuda sobre su cama. Allí, en el mar de sabanas, los besos tan reales son, que en el momento crucial, el de amantes sin fin, en el éxtasis de amor, la mansión su luz apaga, en un gemido de dos que uno son en un instante tan largo como la noche.
Y los espíritus por un momento se reencarnan y saludan, se despiden entre platos para regocijo de la cocina.
Y en la casa solo queda el sudor perlado y bello, ese que deja la marca, que no de sábana santa, sino del más bello relato ese que solo es de dos.
JMFP

lunes, 16 de mayo de 2016

TEN DAYS...Como la vida misma

Ten days, como si de una película se tratase, diez días, la vida en un puñado de horas, en un saco de minutos, en un cielo de segundos. En el primer día nací, en el aprendí a llorar como forma de elevar las plegarias de deseos, esos primitivos que indican la inconsciencia del estar. Caca, culo, pedo, abrir y cerrar la boca, no querer cerrar los ojos entre voces que gordo llaman al infante sin definir.
El segundo día, por la infancia me colé, entre silencios y gritos, entre manos que abrazan, mimos y lealtades.
El tercero fue certero en la mudez de una garganta que se hacía adolescente. Esa que cubre las calles de reflejos opalescentes. Dibujos, monigotes de reprimidas pasiones, capitán trueno de legados, defensor de causas pérdidas, amigo de san judas.
Cuarto es el día de encuentro con el espejo que mira la mirada que no mira, entre faenas de hacer como que el mundo es feliz, entre lluvias torrenciales de pensamientos ancestrales. Ser o no ser, aunque lo importante era estar para seguir en ese luchar contra fantasmas y voces que todo lo ordenaba en una canción militar.
Quinto, día de vinos y rosas, borracheras de amistades, conocimientos abruptos, esfuerzos y longanizas, destino marcado a fuego que el perro se come contento mientras Quijote se lanza a la panza del molino.
Sexto, el día de los adultos, que por experiencia no falte, entre tener y perder, preocupaciones mundanas, las propias y ajenas construyen, los muros de nuestras prisiones. En las celdas acomoda el pecho la boca del niño, la rutina del vivir como éxito cansino por el hecho de sobrevivir.
Séptimo, el día del que decidió descansar, puestas las fichas en juego, ya por los valles caminan las animas de los recuerdos. Nostalgias y melancolías de quienes no ven futuro, salvo en la estrella de oriente que miran en el cielo oscuro. Encuentra en amor de rondón, así, como de sopetón, respira y grita de júbilo, entre cortinas de sueños renovados entre mares de luminosa presencia.
Octavo el día que ya no es el del señor, ni el de los señores de pro. El silencio calma el ansia de recorrer los caminos para buscar la mirada. La conciencia de existencia que sigue afirmando presencia. La del blanco cabello que atina a presumir de legados, de mitos y canta cuentos.
Noveno, día de viejos retales, de paseos entre cipreses. Esos que esperan pacientes, porque susurran curiosos al pisar sobre las huellas.
Y así la vida se cansa de los diez días tan largos, como eternos predicamentos que hacen bueno el sarmiento. Sobre la tumba de piedra, duerme una rosa marchita, acomodada en la esquina de la lápida musgosa. Ten days, solo dice, nadie sabe qué significa. Tan solo el sol llora un rato al bostezar en el monte ocaso. Vida de días, horas, minutos, segundos, concentrada queda la historia del salta días de vida, ese que no cuenta historias, que las vive sin prisión.
JMFP

CAMPOS...¿DE MINAS?

Campos de minas, escondidas por doquier entre los caminos de la vida. Campos de minas, decisiones, esas que creemos las buenas, territorios seguros de banales codicias. Campos de minas, lucecitas que siguen los pasos de la apuesta felicidad, barreras invisibles a la dignidad.
Campos de minas, que fácil regar el prado de la existencia de minas de flores, esas que al pisarlas hacen estallar la carcajada, esas que se convierten en trampolines de abrazos.
Campos de minas, besos robados, regalados, ofrendas de costuras de eso que llaman amor, sábana invisible que en rincón se convierte, como secreta alacena de juegos y sueños. Campos de minas que no roben vidas, que hagan brotar esperanzas, como luciérnagas que dibujan la aurora boreal.
Campos de minas que solo las manos inocentes ponen, que indican donde están, para evitar las trampas de la vida en manos de la crueldad. Campos de minas, regadíos de sonrisas, invitan a buscar la siguiente para sobre ella saltar sin temor.
Campos de minas dibujados en el corazón, miradas limpias, sin trampa ni cartón. Pisa, no tengas miedo, porque son baldosas de delirio, muelles que a las estrellas llegan, pasiones que sin pisar no aparecen, mina, mundo de amor.
Desiertos de seria bonanza, de paz que es latido de odios, ausentes del regadío de las minas de la pasión. No pises sapos, no pises mierda, no pises la cabeza del otro convertido en contrario. No quieras ser el corsario del que te ofrece la saca, pisando charcos de sangre, de inocencia y de esperanza. Yo te pongo el campo de minas y tú solo busca y salta.
JMFP

UNA DECLARACIÓN DE AMOR...

Miraba hipnotizado la lámpara que de pronto disipó la oscuridad. Llamas que parecían salir de algún lugar mágico, dando luz a la sala principal. El Passer, madera, espejos y cuadros, recuerdos de hazañas ocultas. Y yo, convertido en policía justiciero, con mi traje cruzado, recién estrenado, de rayitas tan finas que en mi cuerpo repentinamente de hombre, ralo en la barba de un día, espigado como espigón al mar parecía al verme en la luna del fondo.
Olía a tabaco, Chanel y a vida subterránea. Rostros esquivos, transparentes, oscuros bajo el ala de los sombreros como viejos paraguas a medida de sus respectivos aguaceros. Esos que la vida regala en vidas rotas, cosidas con puntos gruesos para hacer de la banda la familia.
La pistola me molestaba en su funda, entre la ingle y la cadera, disimulada penosamente por el corte de mi americana. Y ni intención tuve jamás de sacar aquel juguete de tiros largos, aunque conocía bien los aires hampones y los susurros y toses disimuladas.
Un niño cruzó el pasillo corriendo, saludándome por mi nombre. Y don Antonio Benedecci, me dijo que me sentará con él. Le acompañaba su hija Antonella, sonriente, vivaracha, de anchos y esbeltos hombros, mordiéndose el labio inferior con su bella dentadura de cristal. Sus manos como pinceles, sus pechos insinuado en el vestido negro, su cuello de cisne negro, me hicieron beber el whisky antes de saludar.
Decomisando alcohol me pasaba los días, las noches y en los quehaceres, soñaba con Antonella cada amanecer rosáceo.
Valiente policía estoy hecho, me decía cada mañana, solo deseando tocar el cabello de aquella joven que desde niña jugaba entre calles y plazoletas, compartiendo pelota, goma y comba siempre sonriente al mirarme.
Fue al posar mi trasero en la silla de vieja madera, cuando no sé cuántas estrellas conté. El puñetazo del viejo ni si quiera lo vi salir, sintiendo la nariz quebrar el tabique ya prominente de por sí.
Don Antonio, bello viejo, de pelo cano, nariz de águila y manos de hierro, me extendió educado su pañuelo grabado con sus iniciales.
Por orgullo y por pudor, me recompuse con rapidez, con un dolor de picota que hasta el cerebro embota.
Y sin mediar palabra, de no sé dónde sacó el más grande pistolón que jamás había visto. No sé si tenía un cañón, dos o veintidós. Pero ahí tenia mirando aquellos dos agujeros, como prismáticos negros que amenazaban mi frente goteando puntitos de cristal, sudor más elemental.
Y así habló Don Antonio, sin dejar de apuntar mi cabeza, aunque su voz era tan suave como la de mi padre al morir.
Mira hijo, hasta los cojones me tienes. Prefiero pensar que eres hombre a no un afeminado disfrazado. Aquí tengo a mi hija soñando cada día en tus abrazos. Te ama desde que es cría y parece que tú eres tonto o lerdo o las dos cosas. Así que aquí se acaba la desdicha por activa o por pasiva.
Tienes diez segundos para pedir la mano a mi hija. Y de no ser así, no tendrás más problema que acudir a tu propio entierro. Eso sí, le pago yo.
Por el alcohol no hay problemas (continuó el viejo sabio), que si te desposas con ella, yo prometo cambiar el alcohol por leche de soja que parece estar de moda.
Cinco segundos tarde en pedir la mano de mi amada, eso que el viejo consiguió y que mira que a mí me costaba.
En granjero me convertí, a las afueras de la urbe, aunque no sé si yo ordeñaba o era mi Antonella adorada la que a mí me vaciaba.
JMFP

NOVIA...s

Ojos que no esconden la pasión, escena tras escena, entre velos y telares de titubeantes labios, largos dedos alcanzando en la noche los sueños enredados a los cabellos. Cremallera que en la eternidad se pierde, cabeza de chorlito dice el padre, la que no discierne.
Novia, siempre acuosa la mirada de mar de estrellas, reloj entre sus pechos, espera y dibuja cada paso en la llegada. Novia, la novia en el parque de infantiles juegos, la espera, la noria que marea y atolondra.
Novia, escribana de amor sin compromisos, inventora del banco de piedra en la estación del olvido. Novia sin sombrero, alero de risueños girasoles que se mueven en el lienzo de su espalda. Novia que no es madre porque es novia, que no envejece en su afán de correr a los brazos de un amor que abrasa el alma, forja de un regalo pasajero.
Novia, entre el café y la caña, entre cartas que son viento de inmediato cartero en el teléfono que es puente. Novia, memoria viva en cada instante, retratista de imágenes en miniatura, Bosco travestido entre el cielo y el infierno, purga su amor en la tierra de los ciegos de amor.
Novia, esculpida con la genial presencia de la luna en la solapa de su clavícula desnuda. Novia danzante, novia del artista, novia del imbécil que se queja de su cojera, novia del ángel y el demonio, novia del mar y de la más vieja pradera.
Novia de pasos breves, invisibles, de inquebrantable fe en su amor de enredadera. Novia silenciosa, parlanchina en la presencia, brinda por el futuro incierto, convirtiendo en cierto el presente que se bebe como vino sacramental.
Novia, negros los ojos de noche, frunce el ceño entre agujas de madera que tejen la más bella historia de un amor escrito a golpes de alas, tan esbeltas, tan abiertas, que en el vuelo dijo adiós a ese traje blanco que de novia llaman, para amar en desnudez su más íntimo deseo. Ser amada.
Es la alianza el amor, sin más ataduras que las miradas, que los cuerpos enredados, que los sentidos en danza, festín de la alegría, entre lágrimas en el taxi, viendo pasar la lluvia, esperando el sol de junio, la emoción de la escapada a la cabaña anhelada. Así ronda la vida la novia, blanco su alma, sin más altar que la arena de la última playa.
JMFP

TRISTEZA. De todos y por todos temida

Tristeza, bella dama de noche, sombra de día que se alarga sin certeza entre senderos de miradas que al suelo miran. Tristeza, compañera de viajes que en el último vagón del viejo tren recorres los raíles de lejanos sueños. No llamas a las lágrimas que se secan como la flor del almendro en la primavera helada. Tan solo pasas páginas de absurdos libros que nadie titula por miedo a sus propios miedos. Madre de monstruos imaginarios, cantas las viejas nanas de ojos que se cierran mirando la noche entre diluvios de sonrisas que guardas en tu armario de caoba.
Tristeza, ángel que se posa en la ventana de la ridícula alegría, testigo de los golpes de la vida, de la realidad marchita que niega ese patético optimismo que la felicidad reclama.
Tristeza, inspiradora verdad que no proclama salmos de esperanza, mecedora de una espera que no exige danza. Quietud que acaricia los seres alados, reafirmando su presencia en la cuna de musgo allí, en el claro del bosque escondido. Bosque de sueños perdidos. Tristeza, honesta acompañante, sincera en tus compases, en la voz que no atormenta, en los pasos que no pesan.
Liviana tristeza que dices para, al alma que se ciega en el arrebato del sufrimiento, boya que surge de la profundidad de un mar violeta, mira a sus ojos cansados de pena, besa sus párpados, acaricia su pelo. Pero hazlo solo para despedirte de ella. Regálale la sonrisa en paz, la libertad de amar, el gozo de la vida entre rondas de dibujos que te ilustran con infinita belleza.
Tristeza, posa desnuda al contraluz, mueve tu rostro levemente, mírame sobre el viejo y pálido horizonte. Trazo tus bellos rasgos en el lienzo sepia de una vida que apergaminada no tiene más miedo que el de no reconocerse en el espejo de la eterna marea que la ola espera.
Tristeza, camina sola por un tiempo. Ya te encontraré entre pasillos que con laberintos confunde, entre angostas calles de mañanas macilentas. Pero ahora camina sola, porque no te necesito, tan solo como crisálida debe convertirse en la más bella mariposa que siempre ha sido en mi pensamiento.
Tristeza, loca enamorada de la luna, es fácil encontrarte confundida entre sótanos y cárceles, en manicomios y cementerios, aunque tu palco ocupas cuando al abrirse el telón de la última función, sin aplaudir observas esperando el canto más lejano de tu viejo corazón.
JMFP

EL REY MORO...

Rey moro, estandarte de las tierras por santones profanadas, ojos negros que el halcón observa en sus vuelos cortos, esos que entre nobles familias no sabían que el oro sería negro bajo los pies que sus antepasados habitaron.
Rey de mirada triste, que de tristeza riega los campos de ignorancia entre jardines y vergeles de delicias inservibles para la cruz y la espada. Califato en tierra santa por inhóspita y servil a la miseria que con hogueras arrasa el pensamiento, quemando almas entre brujas, herejes y genios, toda vez que las estrellas son lluvia divina en la planicie de un mundo que redondo se presume en la mente del sabio de oriente.
Señor de la medicina, lector de astros y vientos, álgebra que resuelve lo que el papado romano esconde entre viñedos de cálices para embriagar a las tropas, campesinos y señores. Entre el desierto y las tierras de verdes bastiones, señoriales feudos de vasallaje provinciano, el mar del alma sacude las emociones de quien huele a buganvillas, rosas y azahar.
Pergaminos de viejos tiempos que escriben los nuevos mundos bajo el sereno designio del profeta que siempre asoma, aunque de reojo mira el hombre perezoso eso de doblar el lomo cada dos por tres en la esterilla. Cansado vislumbra masacres entre la cruz y la media luna, absorto por el absurdo de conquistas y reconquistas que dibujan enemigos de cada mirada inocente.
Rey moro, alquimista en las noches de silencio, testigo de la danza de la luna, no se cansa de observar los elixires que sanan, los condimentos que nutren, las acequias que dan curso al regadío del conocimiento. Pasan así los años, entre conversos, mozárabes y moriscos, riqueza de cultos y culturas, caballería que explora entre catapultas y espadazos.
Y el rey moro camina hoy entre callejuelas de mendigar esperanza, silencio protector porque la sola palabra delata. Entre el bazar y el mercado medieval, tumulto de olores a piel y vida, a especias y frutas, pasea el califa inadvertido en sus atuendos. Y su mirada se detiene entre hombros, cuellos y cabezas.
Niña de ojos de cielo, boca de fresa, balcón de sorpresas, erotismo oculto entre retales de lana, ovillos vende en el puesto, con la sonrisa triste que solo el moro detecta a su paso por el bazar. No tiene patria ni mar, solo el saber de la lana, el tejer y dar color con sus tintes de mágico existir. Telas de mil colores, convierte la lana en lino, sedosas las banderolas de belleza entre los puestos.
Miradas cruzadas de pronto, un instante, un dibujo en la memoria. Allí, en el arrabal se quedaron como esculturas, el rey musulmán disfrazado y la tejedora cristiana, huida de lejanas tierras perseguida por alguaciles, frailes e inquisidores que no aceptan el arco iris en sus manos brotar, entre telas de púrpura lujuria, azules y verdes que laten entre sus breves pechos que apuntan la devoción de su bella condición.
A dos soldados acuchilló el rey moro que de incógnito miraba los ojos de la tejedora, cuando apresarla quisieron para hacer de su cuerpo pasto de llamas purificadoras. El cura no lo contó degollado por la cimitarra que en un suspiro despidió el alma del fraile lascivo.
Griterío y alboroto, medio día y la siesta llega, entre un tumulto que esquiva los cuerpos que ya son historia. Solo el ruiseñor oyó los pasos de una huida que es encuentro en el devenir del caos que siempre avisa de los cambios por venir, los no esperados, anhelados en el corazón. La lluvia limpió el rastro de sangre, como agua bendita de un cielo que se hizo el remolón ante aquellos acontecimientos sorprendentes.
Nada se supo del moro, ni de la mujer de colores en sus manos de telares. Aunque la leyenda cuenta que durante muchos años, marineros y pescadores, divisaron un bello barco, breve de porte, noble de silueta, navegando por los mares entre Iberia y el Bósforo. Barco como saeta larga y sinuosa, con un bello trapío de mil colores.
Los más atrevidos dicen que le han visto volar alzándose de las aguas para desaparecer en las nubes.
Nadie sabe y todos dicen. Pero en cada isla donde esas dos miradas posan su amor, boticas, telares y flores, mapas y ábacos numéricos dejan al viejo maestro del lugar cómo recuerdo y munición de un futuro por llegar.
Eso cuenta la canción, aunque música no tiene, si bien la cultura la pone a demanda en las fiestas de cada pueblo.
En los primeros días de verano, si al mar se asoma el amor, podrá disfrutar del paisaje del beso de la luna y el sol. El firmamento parado, el mar en lecho convierte esa historia desmadejada, pero que como la vida es. El rey moro y su reina, tejedora de sueños, ya no son cruz ni media luna, tan solo un suspiro de amor.
JMFP

NOCIONES

Nociones, apaños del saber, son la flor de la curiosidad, notas sueltas que componen las más bellas canciones. Las que tarareando nacen, impregnando de perfume terrazas de pensamientos.
Nociones son respuestas que me quedo en el bolsillo, a preguntas divergentes que sin interés la mente un día dejó pasar. Son nociones generales las que el hablar nos teje cuando la palabra es esqueje de un tiesto de vida.
Nociones entre naciones, donde anda cada cual, porque si de refugiados hablamos ni noción dice el charlatán que no mira las fronteras para evitar el rubor que quizás hace mucho perdió en su mísera estera. Esa de hilos de oro en la que duerme tranquilo en su limbo planetario.
Noción es el gatillo argumentario de pasiones y tesoros que al danzar, hermanan las ideas del mañana.
Nociones, caminitos entre prados, senderos y encrucijadas, ventanucos de sorpresas que la fantasía apremia.
Nociones de música tiene el trovador de la calle, de pintura las tiene el niño, aunque el adulto las niegue. Nociones de breve historia, de recuerdos que recogen el manar de la cultura que nos mira al espejo sin el más mínimo reproche.
Nociones de baile tienen todos, cuando el pudor se pierde, entre abrazos las sonrisas se convierten en sargazos.
Nociones inspiradoras, las que cabalgan al viento, las que sonatas nos dictan los más bellos pensamientos.
Noción, abrelatas de ignorancia, pasea tu garbo ligero, alfombras el suelo estéril del pensamiento ciego. Ese que de verdades satura los pedregales de amor sin la más mínima compasión.
JMFP

INTENTAR...

Intentar es el instinto de dar un paso sin mirar atrás. Intentar es tan bello que a veces el maestro, el padre, el amigo, gritan eso de no lo intentes, consíguelo, sin parar a imaginar el trance del éxito, ajeno al placer del viaje del intento.
Intentar es aceptar la incertidumbre como joya que nos saca de la podredumbre certera de lo que no soy capaz. Intentar es acariciar la imaginación, como cabellos al viento en el anhelo de alcanzar la gracia y la dicha aceptando la desdicha cómo parte del éxito de intentar.
Intentar es amar, eso dice la ninfa y no le falta razón en honor a la verdad. Porque intentar es el grito del deseo, del deseo de intentar, del deseo de la mirada sonriente que conduce al viejo mar.
Intentar es caminar en el fango del fracaso, evitar el no lo intento por si acaso. Intentar es el coraje de abrir nuestros armarios, desvanes de sueños empolvados de relatos ajenos al presente. Espada de palo, gorro de papel y escudo de cartón, son las armas que hacen poderoso el intento, ese que se mueve entre ramas del roble soñador.
JMFP

CANTAMAÑANAS

Entre voces de agua fría, trovadores y cantores, se despiertan las mañanas bostezando la pereza de levantar las persianas. Esas que al cerrar sus ojos no dejan ni una rendija de la luz de la farola, del primer guiño del sol, del primer beso del día.
Cantamañas de día, de noche, entre platos y en las horas vespertinas. Siempre aparecen rondando, de repente, como el susto del idiota que tras la puerta espera para reír su gracia en el tonto espejo que mira.
Cantamañanas, siempre listos y de urgente palabra, siempre la voz timbrada, para escuchar sus andanzas de saber que no sabe nada. Oídos atentos a su voz altanera, solo en su palabra recrean sus patrañas de hojalata.
Cantamañanas, badajo, campanillas y campanas, despertar de un bello sueño es la mayor desgracia.
Enmudece la mañana al escuchar el cascabel del tan odiado cantamañanas, timbre en la puerta de seda, estornudo de elefante, peluquín de caballero andante, tropel de necios que ondean su estandarte. Aquí estamos para deciros lo feliz que es el vivir como nosotros sabemos en nuestro viejo cuaderno. Pupitre de carcoma, envarada la mirada, dejad de pensar, malditos, que la fiesta está servida en el bar del cantamañanas. Café y porras al buche, así la apatía borras en tus encuentros fugaces con la vida que de frente mira. Esquivo es el cantamañanas, sin problemas ni más dudas que garbanzos o lentejas, sin deseos e ilusiones.
Sota, caballo y rey, la partida del triunfante cantamañanas, que no es chulo ni es de playa, soberbio en su atalaya enana.
JMFP

INMUNIDAD

Inmunidad, ese chaleco que blinda al ladrón de guante blanco luciendo matrícula de diplomático. Inmunidad la del pecho materno que protege al infante al salir al mundo seco sin más conocimiento que el miedo a dejar de ser uno para ser otro. Es inmune el psicópata a la lágrima, al amor que nunca besó los labios del abandono.
Inmunes los oídos a las palabras de metal, balas de papel que atraviesan la sien sin orificio de entra y salida, como peine de un cabello que reposa en el camerino del artista abucheado.
Inmunidad busca la polio, sarampión y varicela, súplica el sida entre tumbas la inmunidad que nunca llega. Inmune es el amor a los mazazos del tiempo, acorchando las paredes cómo blanca locura de una sola ventana.
Inmune se hace la mirada ante los ojos que brillan, adivina adivinanza, miente la verdad en danza, llueven las lágrimas que no duelen.
Inmune el mundo al dolor, a los cuervos que roban el alma, desnudando de aventura al diablo que gime en solitario. Inmunidad, bella y deseada platea del teatro de la vida, entre diputados y reyes, duques y ladronzuelos, hurtan la cabeza al yunque que solo espera el martillo.
Inmunidad, desconocida debilidad, concha protectora que asesina a la tan airada sensibilidad.
Inmune a la muerte, la sangre brota en la boca, se desliza la última gota, pues la sangre es río de vida, inmune al miedo que a ratos descalifica la grandeza de los hombres, divinizados en esa eternidad llamada inmunidad. Inmunizada quedo la escultura de la más bella dama soñada, ríe su boca marmolea, ajena a la música que la fuente no seca.
No es inmune el amor a la tentación de amar, quizás algún día, la tan buscada vacuna, cure a los mortales del tan temido capricho que es construir amor, esa peste que transforma al cuerdo en loco, aletea entre la vida y la muerte libre del miedo, de la piedad, esa que afila guadañas, esa que espera paciente, sabedora de la única verdad. Murió el sabio de blanco, el antígeno voló, el anticuerpo lloró porque el amor liberó por la única ventana abierta, la llamada libertad.
Y por ella, el amor huyó para esconderse en el bosque, ese que está y no está, entre siglos de besos secretos que seguirán contagiando al mundo, muriendo y naciendo, como manda la lección.
JMFP

ACENTO...(TILDE INCLUIDO)

Ponga atención, ponga el acento en lo que considere será la llave de su talento, escaparate de joyas, capacidades y baratijas. Acento es montaña, llanura y cavernas, aguda la idea, llana la mente, esdrújula la bruja blanca, la que entre canteras de oro esculpe al dios de las letras para que parezca el sarmiento de la sabiduría escrita.
Vidas átonas, esas que no escriben acentos, que igual les da lo que digan, lo que escuchen lo que ocurra, porque todo es lineal en las letras, que ya vendrá la sorpresa, el llanto, el dolor o la alegría, vestida de musaraña, para repartir acentos y dejar la fiesta en nada, como la sala de espera del hospital de la cuesta.
Acentos, colores de las letras que ya pintar no os quieren, como gotitas de lluvia que señalan la canción de lo que contamos ser. Acentos rojos, azules, grises en la llanura, blancos los invisibles que no acentúan aunque tono tienen, tonadillera es la voz que marca el son, sin perder el buen humor aunque el acento la vida ponga en la desgracia sufrida, en las venturas por venir. Esas imaginarias, luminarias de esperanza que sonrisas posan en el campo de semillas, que un día serán acento de nuevo vivir para el niño.
Muerte no lleva acento, vida no lleva acento, ni bueno, ni malo, ni loco, ni gordo ni flaco. Se quedaron esperando en la llanura sin marca, pudiendo pasar de puntillas, o tener presencia exacta, entre valles esperando la agudeza del firmamento, la esdrújula picardía del hombre, siempre desembocando en la llanura.
Acento tampoco tiene por méritos el amor como concepto, ni la palabra que llora que le pongan ese golpe, ese que hace resuene el desfiladero del miedo, abriendo ríos de acentos por las aguas del vivir. Oigan señores lectores, que pocos acentos encuentro en este corrillo de letras, que van buscando la tilde como la silla del que se fue a Sevilla.
Pasión, ese acento que no olvida ni el moribundo que escribe su última voluntad, pasiones que de paso roban el acento a la pasión. Ilusión, dale y dale con la aguda contundencia de quien conduce un camión, al final la carretera desdibuja el horizonte para dormir la canción que nana parece entre luces estrelladas bajo la luna menguante.
Acentúen sus sueños, aprendan a acentuar, dándole golpes de teclas al piano de su corazón. Miren por la ventana del tiempo, entre gigantes y cabezudos, alcantarillas de luz, praderas de oscuridad. Y si escribir con acentos, supone reescribir la vida, No duden en coger la pluma, recordar la llanura, la cima y el valle, escudriñar en su brújula, para pintar monigotes que a escribir nos enseñarán. Esos que todos tenemos, esos de trapo y espuma de olas de un día tan lejano cómo cercano, que la mano conducirá hacia destinos de libertad. Palabra aguda para el uso de los gobernantes, llana para los esclavos de un mundo feliz, esdrújula sin soniquete para quienes saben hacer el torniquete a la sangría de nuestra imaginación.
Y acabo esta retahíla mirando desde el balcón, tan breve como florido de rosales y buganvillas, marco para un bello cuadro, sin más acento que el tiento, ese de sonreír, al sentir la playa moverse, como las huellas descalzas. Para tomar el café cada mañana mirando los ojos del porvenir.
JMFP

DESVELO

Desvelos cantan los luceros mirando la vida y sus cancioneros desde eternas atalayas de silencio. Desvelo, ánimo que agita el alma, que el cerebro enciende y la mente alerta, como vigilante constante, ese que siempre es consonante con la guardia cada noche.
Desvelo, reflejo del escritorio que mira los ojos, oráculo de creatividad que se escapa entre caladas de amor. Desvelo con el algodón en la frente del pequeño hasta que la fiebre hace crisis con el alba anaranjado.
Desvelo, vigilia forzada, cuando no apasionada, que desvela los ojos cristalinos de un mar de luces, luciérnagas del bosque de olas que la marea trae al pie del roble. Desvelo, dichoso a veces, sortilegio de respuestas que no anidan en la esencia, que surgen fantasmales a la luz de la última vela.
Desvelos son los sainetes de la vida, las procesiones de miedos que remontan las callejas, escuchando los lamentos de quienes duermen su afán. Desvelos de lecturas, de pinturas imposibles, de planos y puentes colgantes, de obsesiones que se agitan para dar vida al velo que el sueño pone sobre el rostro cansino.
Desvelos en las urgencias, en los pasillos sin más ventanal que la reja de la celda. Desvelos en las camas cuidadas por amores ancestrales. Desvelos de caminantes, de errantes seres de un mundo que sin mundo dejamos a la puerta de la esperanza. Desvelos que no buscan la cama, que no cardan la lana de las sombrías literas de mandatarios inútiles, esos que no tienen más desvelo que velar por el poder.
Desvelos de amor, de dolor, de hambre de libertad, páginas que se escriben solas en el desvelo eterno del libro, en la campanada final, que sin desvelo deja, que del desvelo libera la muerte al que desvelado ya solo pide el sueño.
Desvelo, mágica aparición, la que desvela sonrisa, abrazo y el beso al retirar el anhelo. Ese que nubla los ojos cuando me agarro a la razón, terreno de sinrazones en el que quizás, mil razones lluevan en la tormenta que nos desvela en los miedos, en la belleza del rayo que de la calma nos dé tempestades de risas en el abrazo final.
JMFP

COSTALERO

Costalero de sueños, silencios entre arenales, entre calles angostas, caminares perdidos al son de los tambores.
Costalero, espalda tan ancha cómo el Atlas, resignado en la pena de la virgen de la luna, esa que no quiere ver el amor sufrir, esa que el llanto canta a la luz del candil.
Costalero, cada hombre cada mujer, costal de esfuerzos, peso con peso, hombro con hombro, sin penitencia pasan por cada paso un sueño. Costalero que las imágenes no ves, que entre rendijas arrastras las verdades entre cirios, entre semanas de cantos, como la vida muda que cantarte no quiere, costalero.
Costalero fiel, adornas tu mirada de esfuerzo, muerta la pena, sonríes al amor de la verdad.
Paseas cruces en tu alma de costalero, guerrillero del silencio, templa el paso a la vida, encendiendo en la cordura la vela de la locura.
Costalero, custodio, guardián de amores que en el rincón de la iglesia ya no reza solo calla, entre faldones y tules que preparan el final. Pero en tu costal siempre está el amor que profesante a tu virgen luna del alma, esa que te sonríe entre calvarios de piedra.
Duerme, costalero, reposa la espalda en las aguas de aquel que llamaron Jordán. Cierra los ojos y vuela, no hay peso en tus hombros limpios, platea de sudores de una vida que huele a pan, vino y amor.
JMFP

A MALASAÑA, EN EL DESPERTAR DE LA PRIMAVERA...

Son postales en los muros de las casas que sostienen las verbenas de recuerdos, los charcos de la lluvia entre pisadas urgentes. Fue la sangre hirviendo la que sacudió el yugo, la que enarboló el inocente coraje de Manuela Malasaña. Plaza de silencio, poesía dormida entre el pan, la frasca y el zapatero.
Tacones venidos de abajo, de donde la luna viste lunares, guitarrea el vejestorio, sintiendo codo con codo la existencia de ese barrio, que es plaza, orgullo y relato. Maravillas fue bautizado, entre personas de ensueño, los vecinos que acristalan sus relatos en las calles. Maravillas entre abrazos, nacimiento

s y bodas de castiza alianza, velatorios de verdad en los pésames sinceros.
No fue monigote el tiempo, la cuchillada al francés que se creyó que Madrid era aldea de la de quitar y poner. Fue el redoble de dientes, la mirada del infante, la libertad en la sien, la que sacudió el retrato de vecinos que en bosque de armas grito al viento su devoción.
Botas negras, grises sombras, pero nada pudo secar la absenta que en los geranios hace crecer las canciones. Pórtico de ilusiones, melodías de emociones, historia que escribe el poeta que siempre pensó publicar, escribiendo a lomos del jaco, perdido en su afán de amar, sin más refugio que el alma regalado a la vecina.
Suenan campanas a muerto, rosario de brisa que fueron, quienes entre luz y escenario sintieron el edén de su retén. El de la guardiana de noche, velando las golondrinas, que avisan la primavera en el barrio de Malasaña. Allí luce el estanco, las escaleras de ayer, que a toro pasado sigue siendo memoria, la que a la gente le pone en pie.
Sonetos vagos de manos desnudas, esos que tanto afán tienen en la rima del verano, cuando las fuentes se ahogan del calor de los madriles. Manuela camina entre callejas, encendiendo las farolas de quienes siguen creyendo que ser libre es un derecho. Un anhelo, un suspiro, el ático en el que vivir allí donde sólo el cielo, saluda a los que se fueron.
JMFP

DOCE

DOCE... Los días en la fila de la vida, fichas de dominó parecen, errante cabalgata de animas entre sombras se desvanecen. Palabra que no es palabra, que solo número es, quizás contar quiera el calendario un poema, el último del vagabundo que entre tumbas habla al mundo, doce ánimas que custodian la leyenda de un Arturo sin más corona que el recuerdo traicionado.
Doce fueron las túnicas y sandalias, doce en la última cena, quizás once más uno, quizás trece con la Magdalena. Santo grial, purga y muerte, sacrificio y amor en la noche sin luna que condenó a Judas. Doce absurdas uvas, atragantan sueños, entre decrepitas miradas de entrada y salida de año, como puerta giratoria del hotel de la calle Cuartel.
Doce campanadas, las doce y el zapato de cristal se hizo mil pedazos. Mundo convertido en calabaza, sin más príncipe que la sombra del maltrato que el alma encierra en la mazmorra de su patética lujuria, cien mil cenicientas piden que las doce dejen de ser doce y un minuto en la vida.
Doce, son las doce y sereno, cantó hace poco el fantasma de la calle Gaztambide, aquel que sonreía al joven que siempre al alba llegaba aunque a las doce ordenaba la madre su entrada en casa, que no era casa, dominio danza y arte, entre bofetada y carcajada, doce sueños arribaban en cocina de noche, entre libros y cigarros que fumaba de doce en doce.
Doce dice ser el medio día, doce la noche que no es media, sino manto de bellas estrellas. Doce veces la luna se marea alrededor de la Tierra, testigo mudo de sombras donde la vida florece sin pedir permiso al sol.
Doce besos, doce abrazos, doce multiplicado por doce, así réplica el carillón, mayordomo sin levita testigo de un poemario de palabras sin razón, atadas por la cordura que da la locura de amor.
Doce pasos entre la orilla y el mar, doce velas, las del más estupendo aniversario, entre niño e invisible, solo granos sin más barba que la del corsario de sueños, arrastrando la inocencia por la estúpida existencia.
Doce, la hora que el mundo espera, nadie sabe para qué, doce puertas, la última, la que se abre a las doce que las vidas incompletas, atravesando el día, el mes, el año, la eternidad, se preguntan quiénes son.
Doce pétalos de margarita vuelan entre sur y bahía, ajenos a las lágrimas del viejo marinero.
Entre las once y las doce, allí quedó atrapado el alma del trovador, con la luna llena, descuelga sus poemas por la ventana, dejando que doce alas, la leyenda de la docena, pose sus besos en el ensueño de su Julieta. Doce veces, amor, en doce vidas, tal vez. Doce meses que acaban para sumar un año, para restar suspiros y dar paz.
JMFP

RIO CADELO

Río Cadelo, de noble cauce, orilla invisible, rápida corriente siempre, sin deshielo, con lluvias y sequías, el río Cadelo siempre pasa por la las tierras del viejo abuelo, el que pesca truchas y trampa hace al campanu entre las risas de las libélulas. Rio Cadelo, ausente en los mapas del mundo, entre susurros se encuentra solo para quien lo busca.
Río, Cadelo, caldero de sueños que saltos hace entre meandros, existe en la mente del afluente. río de tinta, río de sangre, riada de seres amontonados en las puertas del monumento a la compra de lo que no vale nada, pero da la felicidad esa ría turbia que se cuela amarronada para pegarse al paseo con el olor a tristeza del que mira a un espejo que solo devuelve sombras.
Rio revuelto, ganancia de cabrones, pescadores trabados al anzuelo de la codicia, río de barro, río que es espasmo de letras que hacen presa al desbordarse en la verborrea del taimado predicador.
Ríos de lava, río de baba infantil, de la que el baboso gotea al mirar pasar la vida entre escaparates y asombros de doradas maravillas, las que hacen elevar la barbilla para no verse el ombligo. Ríos de recuerdos, los que dejan los ancianos que sin memoria se zambullen en el fondo del río del duelo, el de estar sin comprender, esa mirada que pasa sin dejar pasar el río, ese de la vida rota, del esperar el último estuario, el del bello final del río.
Ríos rotos por pantanos que se quejan, ríos que ya no son cascadas, ni cataratas de espuma, de sueños en tropel de corrientes que viajan por donde la tierra los deja.
Río de Janeiro, Riotinto, Riotuerto, poco ve el segundo al beberse entero al primero, río que amansa la vereda, como la ruta agreste entre cañones y colorados amaneceres, ríos que la huella dejan del paso del manantial por el corazón de la tierra.
Río de amor, riada de pasión, cabalga el río para atravesar el canal, el de cabo de Hornos, que no es río, que es anillo, el del viejo marino, que al pasar de océano a océano, tira porque le toca en el río de su corazón. Rio, el recuerdo de Cadelo, el que en la esquina a duro regala la estrofa, dando el cantar a la luna desde el Río de la Pila.
JMFP

domingo, 3 de abril de 2016

EL FANTASMA DEL MERCADO



Languidecen las viejas columnas de acero, esas que en soportales de lluvia fina convierten las tardes de otoño en un bello contraluz de inmensas cristaleras.
Un violín llora en la gran puerta de piedra y ladrillos, mujeres y jubilados llegan el martes al mercado. Melodías quejumbrosas, como llantos de recuerdos, cuando la plaza era plaza, ¡Niño, vete a la plaza! Y el zagal volvía raudo con la lista de una compra, que lo imprescindible portaba para, entre fogones de arte, suculentas mesas servir en las casas de los pobres.
El mercado del Olvido, tan grande como dos manzanas, respira lento y tedioso en manos de quienes babean al contar el dinero en ladrillos, aluminio y cristales que en medio del arrabal quieren apuntar al cielo torres, dos, tal vez tres, para no dejar rastro de peonzas, aros, pelota y tabas.
El mercado del Olvido es trinchera de héroes, esas pescaderas que la pandereta sacan para alegrar la mañana a los visitantes curiosos, como si  una reunión festiva se produjera con la campanada.
Entre silencios de noches y amaneceres lentos, habita ese lugar de alegrías pasajeras La Fanequera. Nadie la ve y pocos la recuerdan. Pero su leyenda es eterna entre los hombres y mujeres del barrio, entre redes y balanzas, de la lonja a la Plaza cantan la odisea de quien hoy, sigue apareciendo las noches sin luna, esas que abundan en esta ciudad de capota gris.
Murió en el 32, eso cuentan de boca a boca generaciones de puestos, mercadillos e inquilinos del mercado del Olvido. La gran plaza de encuentro, comercio y comidilla que albergó vida a raudales hasta que la desdicha quiso que un incendio devastara la mitad de la estructura, hoy postiza y fea, como el diente de oro del hijo del Anzueluco.
La Fanequera murió en una noche de sur, al arrojarse al agua para salvar a los dos niños que en el cochecito iban con su madre, al cerrar el día la persiana y el ojo del viento apagado.
Saco el carrito del agua en la rampa de Martina, salvó aquellas dos vidas gemelas, pero al soltarlo, un golpe furioso de mar, contra el muro la dejó tiesa, viendo los pocos presentes desaparecer su cuerpo, que nadie volvió a ver jamás.
Años han pasado, no llegan a cien pero le andarán. Y la Fanequera enciende candiles del oscuro mercado en la noche, reflejando la belleza de lo que un día fue su más amada mansión.
El fantasma no desespera, la planta de arriba desnuda y diáfana, es el salón de baile donde ella danza con las sombras de sus recuerdos, recreando los días de julio hasta la llegada del Carmen. Es escrupulosa, limpia las cristaleras, siempre relucientes como bellos ventanales que miran al mar rolando, encabritado o manso, revisa los puestos de abajo y nutre de productos a quienes ya agotados no venden ni un pollo ni perejil, por los excesivos impuestos, basuras, agua, alquiler, que el regidor de levita ajustada en su esférica tripa, ha grabado con el ánimo de expulsar los comerciantes para conseguir el acuerdo con los ilustres promotores de la especulación del suelo.
Los próceres de la ciudad no saben de La Fanequera, pero entre las pocas pescaderas, el charcutero, las tres familias de fruteros y la vieja gitana que por allí arrastra sus zapatillas con una palangana de claveles, hay desde hace tiempo más alegría. Se sorprenden de tener sus puestos preparados cuando llegan, se asombran del brillo de la fruta o del lustre de las lubinas o de los bocartes de temporada. ¿Quién habrá sido?
Y el fantasma del mercado del Olvido deja peonzas cada semana en los portales impares, y a la otra en los pares. Y canicas, y balones, que los críos cogen sorprendidos, dejando sus telefonitos y esas cosas de plasma hipnótica que la vida les arrebata.
¿Cómo habrá entrado?
Cada noche sin luna, amanece el Mercado más limpio, más bullicioso al medio día, de una alegría de cantarinas palabras que se entrecruzan entre los puestos.
Las grandes paredes aparecen pintadas  con relatos de ultramar, como grandes murales que de pronto se muestran ante los ojos maravillados de visitantes y comerciantes. Olas, ballenas y balleneros, sirenas y mapa Mundi, como un crisol de vida entre columnas de hierro, mosaicos y cristaleras.
En los días de viento sur, canta la Fanequera canciones de sardinera, mientras talla figuras que en el cantar cobran vida.
Y al viento lanza gaviotas que mueven los sobres de sitio, esos que van y vienen de mano en mano, emponzoñando el alma del regidor y sus cómplices.
Mientras, las figuras de figurantes en personas se convierten, bajo el cincel y el martillo de la fantasmal presencia. Sonrientes y joviales llegan a los nuevos puestos que la Fanequera monta en el bello piso de arriba.
Banquitos para la tertulia, el mercado vuelve a ser plaza, plaza de todos, de reunión y compra venta, de alegre preguntar por el día, por la muerta y su familia, por el hijo de ultramar.
Y por allí apareció para quedarse un bello y viejo barquillero, las floristerías repletas, remezcladas entre un librero, dos nuevos charcuteros, el quesero de mantequillas deliciosas, un bodeguero mágico, dos artesanos de prodigiosas manos, y más y más pescaderas, que iluminan los pasillos con sus cantares y ofertas.
Un 16 de julio, día del Carmen de nuevo, la radio escuchaba la Fanequera, como muchos comerciantes. El bueno del regidor salía en un furgón por la puerta de atrás, camino de comisaría. De paso pararían en la casa de sus amigos para hacerle compañía en la prisión de la costa.
Y aquel día, la Fanequera, en esa mañana de luz, dejo que su cuerpo esbelto, repleto de vida estuviera. Del fantasma se despedía Sintió el olor del mercado, su piel aceitunada, su pelo negro azabache, sus ojos de miel deslumbrantes.
Se aliño con garbo su moño, bajo las escaleras, y disfruto de la gente, anónima, sonriente. Piropos y salero recorrieron los pasillos de voces y empujones, abarrotado de vida el mercado del Olvido.
Cruzó la calle principal y a la rampa volvió descalza. Nadie había allí en ese instante. Sintió el agua en sus tobillos. Sonrió, y sus pasos fueron huellas que el mar borro para siempre.
Y en el mercado, los frescos muestran, entre relatos, a esa que fue la Fanequera, heroína y pescadera, la que acabo su faena con la ilusión de las gentes de aquel viejo y bello barrio que sigue recordando la leyenda de un ayer que es hoy, que será mañana.
JMFP


domingo, 20 de marzo de 2016

TONTA...¿?

Tonta dicen los tontos que es rubia, lacios sus cabellos tan cortos que no recogen el viento en un breve moño. Tonta viste de lila, como última nube del viejo otoño. Tonta es sonrisa gratuita que no espera ser devuelta, es de lágrima fácil, emociones que dibuja en la pizarra de los listos entre risas y susurros. Tonta camina sin más destino que la intuición y la sorpresa, ajena a los gritos sórdidos de certeza, lista, por cierto ésta, agotada de verdades que vomitan veleidades.
Tonta es la bandera que no tiene más color que la blanca paloma, tonta, también, como el perro, que tonto es, por ser fiel a su amo mientras el lomo apalea.
Tonta es la inocencia, cuando pegada al alma cree sin más en los latidos que escucha, tonta la mano amiga, la mirada que perdona, la naturaleza muerta por la sabia mirada del listo.
Tonta es ilusión, decepción y fantasía, absurdas según dicen en la determinación de lo cierto. Tonta es la cabeza de Tonta que todos llaman, empeñada en no entender tanto listo envenenado por codicias que se abrazan diciendo que listas somos.
Tonta es porque cree, porque espera a los Reyes Magos, porque encuentra en su zapato la pluma que siempre soñó.
Tonta es porque baila sin pudor en el jardín, cuando llueve primavera, soñando la danza imposible en el teatro de sueños. Tonta es la pasión, que no se ajusta a la razón, la terca posición de pie en el revés de la vida, que ni tonta ni lista, siempre parece se despista.
Tonta no viste de blanco, no se casa entre la pompa de fundar ningún país. Tonta es por libre, que de libre parece loca, aunque los locos pasan por tontos o listos más que pasaos.
Tonta duerme en el suelo, come a deshoras, dibuja de noche y besa de día a los rostros que dibujan amor en su mirada.
Tonta es por ser pintora, escritora sin futuro, por insistir en proyectos que multiplican fracasos.
Así tonta, poco a poco se difumina en la niebla, el viento la pone alas, la lluvia el traje de seda. Y tonta desaparece, dejando un mundo de listos, para llamar tonta a la tierra, que ya del hombre nada espera.
JMFP

ADIOS, JOSE ANTONIO...

Los siglos se paran un instante, el silencio que guarda la memoria de ancestrales miradas se viste de luto. llora el bisonte una lágrima oleosa, la caverna se mueve y se conmueve. Se despiden de su guardián de mirada dulce, de sueños entre laberintos, de caricias a la piedra que dicta historias por contar en la mente del arqueólogo. Pinturas inmortales perplejas sin entender qué es morirse, salvo cuando la puerta se cierra y la oscuridad deja ausente el relato de un punto de partida, de la majestuosa historia de nuestra tierra más allá de los legajos que la escritura nos brinda. No te conocí, José Antonio. Pero ahí estaba tu talento, tu afán de buscar y entender. Gracias por ser parte de nuestra memoria, gracias por tu la mirada compleja que como tu, otros arqueólogos, extienden sobre un pasado entre sombras, soterrado en las tripas de una tierra que oculta sus tesoros con la precapución de la madre. Gracias por las caricias al tiempo, que lo despiertan de un sueño del que no quiere a veces despertar. Gracias por "musear" nuestra vida, brindar la oportunidad de elevar a las alturas míticas nuestro acerbo cultural, nuestro relato colectivo, aquello que oculto en la cueva nos has regalado con tu gente, tus equipos y colegas. Con mi más sincero pesar te despide quien, no habiéndote conocido sabe que tu partida, como la de muchos maestros, tendrá la impronta y los pasos de quienes han conocido de tu saber, compromiso y pasión.
JMFP